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martes, 8 de agosto de 2017

CON QUÉ FRECUENCIA ME DEBO CONFESAR?


¿Con qué frecuencia me debo confesar?
El famoso sacerdote y teólogo español José Antonio Fortea responde


Por: David Ramos | Fuente: ACI Prensa 




El famoso sacerdote y teólogo español José Antonio Fortea reflexionó en un reciente artículo sobre la confesión, y la frecuencia con la que un cristiano debería recurrir al sacramento de la reconciliación.

En su texto, publicado en su blog con el título de “La frecuencia de la confesión”, el P. Fortea recordó que “en la época de San Agustín, por ejemplo, la confesión era algo que se hacía cada mucho tiempo, sin que se pueda precisar con seguridad cada cuanto tiempo”.

“Pero cuando un cristiano recibía el perdón de parte de un presbítero en nombre de Dios, recibía esa absolución con gran arrepentimiento, con gran consciencia de estar recibiendo un misterio muy sagrado”, señaló.

En esas ocasiones “uno se preparaba mucho y después cumplía una penitencia que no era pequeña”.

El sacerdote español señaló que “la frecuencia ideal si uno no tiene sobre su conciencia pecados graves” y “para una persona que lucha por la santidad y tiene un horario regular de oración mental, la frecuencia ideal sería una vez a la semana”.

“Pero hay que evitar que esta práctica se convierta en algo rutinario que no se valora”, advirtió.

El P. Fortea indicó además que “si alguien no tiene pecados graves y considera que prefiere hacer una confesión al mes, para hacerla con mayor preparación y mayor arrepentimiento, tampoco hay nada reprobable en ello”.

“En cualquier caso, todos los cristianos como mínimo conviene que se confiesen una vez al año”. Pero, precisó, “estoy hablando de la frecuencia más pequeña posible”.

“Lo normal para cristianos que viven en gracia de Dios será confesarse varias veces al año”.

En caso de un pecado grave, indicó, “entonces uno debe confesarse cuanto antes. Lo mejor es ese mismo día o al día siguiente”.

“Hay que evitar que los pecados echen raíces. Hay que evitar que el alma se acostumbre a vivir en pecado ni un solo día”, dijo.

El presbítero español se refirió también a los casos en los que “los pecados graves ocurren con demasiada frecuencia”. Para estas situaciones “es preferible que la confesión no se repita más de una vez a la semana, sin comulgar mientras tanto”.

“De lo contrario, el penitente puede acostumbrarse a recibir un misterio tan sagrado cada dos o tres días. Lo cual es una frecuencia que indica que uno no tiene un propósito de enmienda fuerte sino débil”.

El P. Fortea señaló que “podemos pedir perdón a Dios cada día por nuestras faltas. Pero la confesión es un misterio muy grandioso para repetirlo continuamente”.

“Como excepción uno sí que puede confesarse varias veces a la semana. Pero como norma, para toda la vida, no conviene”, advirtió, pues “significaría devaluar el sacramento”.

“Si una persona sólo resiste un par de días antes de pecar gravemente, tiene que hacer más oración y más penitencia antes de acercarse a este misterio sacramental”, concluyó.

viernes, 30 de junio de 2017

7 RAZONES PARA PERDERLE EL MIEDO A LA CONFESIÓN


7 razones para perderle el miedo a la confesión
Uno debe enfrentarse a sus propias faltas en un auto examen que no suele ser muy agradable


Por: H. Edgar Henriquez, L.C. | Fuente: Catholic Exchange // Pildoras de fe 




Todos alguna vez hemos sentido miedo a la confesión. No sabemos qué va a suceder, nos enfrentamos a una situación nueva. “Es que me da vergüenza…”, “¡quizá qué cosa va a pensar el padre de mí!”, “ha pasado tanto tiempo, no sé si Dios me acepte…”, “no soy capaz de contar mis pecados…”. Éstas son frases que uno escucha a menudo. Todas tienen un matiz de temor, dolor, vergüenza y conciencia de las propias faltas. Eso es un buen comienzo. Se puede decir que el miedo a la confesión es algo normal, ya que uno debe enfrentarse a sus propias faltas en un auto examen que no suele ser muy agradable. Ponerse frente a los propios pecados cuesta, pero es gratificante saber que Dios siempre nos espera con los brazos abiertos y quiere reconciliarse con nosotros. La confesión (o reconciliación con Dios) es un sacramento necesario para avanzar en la vida espiritual y cristiana, ya que nos da la gracia que nos sostiene en la prueba y nos anima a continuar por el camino del bien.

Entonces, ¡no hay nada que temer! ¡Piérdele el miedo a la confesión! Porque la confesión…

1. Es conciencia de mi fragilidad

Una actitud que busca reparar el daño causado por nuestras faltas. Es conciencia de mi fragilidad, de mi pecado, de mis fallos. Me lleva a acercarme con humildad al Padre y pedirle perdón. Arrepentirse de los pecados cometidos toca directamente el corazón del hombre. Dios quiere sanarlo y lavarlo a través del sacramento de la confesión. Pero dejar entrar a Dios en nuestro interior significa abrir la puerta del corazón y la llave para ello es el arrepentimiento. Así es como Dios entra, mira todo lo que tenemos, ordena el desorden, sana las heridas, limpia la suciedad, reconforta el ánimo y nos devuelve la paz. Dios es quien renueva nuestra imagen y semejanza de Él. Es un acto de humildad y sinceridad. Es el primer paso para el perdón y la reconciliación. A éste se llega por un examen personal de los propios fallos cometidos, una reflexión íntima de nuestro interior de cara al Bien. Este arrepentimiento es necesario para la eficacia del sacramento, ya que no se puede perdonar a alguien que no está dolido o compungido de sus faltas.

«Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado… Pero tú amas al de corazón sincero… El sacrificio que Dios quiere es un espíritu arrepentido: un corazón arrepentido y humillado tú, oh Dios, no lo desprecias» (Salmo 51 (50), 5.8.19).

2. Es perdón por amor

Dios nos ama tanto que no se puede pensar en un amor más grande. Dios no tiene amor por nosotros. Dios es Amor, por eso se da a sí mismo cuando ama. Este amor de Padre se ve manifestado en sus obras, ya que nos crea, nos acoge y nos redime. Siempre que caemos está Él allí para ayudarnos a ponernos de pie. Cuando nos arrepentimos con sinceridad y humilde corazón Él nos recibe con los brazos abiertos, es más, espera día y noche a que volvamos a su casa. El mejor ejemplo de este amor que se hace perdón está en la parábola del hijo pródigo, quien luego de abandonar su casa, gastarse toda la herencia que le corresponde y pasar por mil peripecias, vuelve a la casa del Padre quien le abraza, le besa y le recibe con una fiesta. Este perdón se manifiesta en la confesión. Quien logra profundizar en esto, no puede sino acudir gozoso a la confesión. «La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón» (1 Samuel 16,7). Así que no tengas miedo de Dios, al contrario, vive en su Amor que te llama constantemente a su lado.

«El hijo empezó a decirle: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Traigan en seguida el mejor vestido y pónganselo; pónganle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Tomen el ternero gordo, mátenlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”» (Lucas 15, 21-24).

3. Es reconciliación con nuestro Padre

Las parejas saben muy bien de esto. Es inevitable que no haya discusiones en la vida familiar, que uno se equivoque y se canse de vez en cuando. Pero lo mejor de la discusión y las peleas es la reconciliación. Volver a conciliar (re-conciliar), volver a unirse, renovar la concordia de corazones. Si es hermoso reconciliarse con los hermanos, con los padres, con los amigos… ¡cuánto más hermoso será reconciliarse con nuestro Padre del Cielo! A veces nos parece lejano, como si viviera físicamente en las estrellas o las nubes, pero no es así. Él está más cerca que cualquiera de nosotros, está en la Eucaristía, se ha hecho carne para vernos, para tocarnos, para visitarnos, para hablar con nosotros, para decirnos que nos ama. ¡Qué gran alegría siente el corazón cuando nos acercamos a esta verdad! 

«Dios…, reconciliados ya, nos salvará para hacernos partícipes de su vida. Y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5, 10-11)

4. Es salud del alma

Vamos al médico cuando tenemos dolores, enfermedades, cuando necesitamos la cura y sanación del cuerpo. De la misma forma acudimos a Dios para sanar nuestros dolores y enfermedades, para buscar la cura del alma. El hombre está constituido de cuerpo y alma, si sanamos el cuerpo, también debemos sanar el alma. Es un estado completo de salud. Tal vez por eso le decimos a los sacerdotes “curas”, porque son los instituidos por Dios para acercar la sanación al alma de sus hijos. Un cuerpo sano y un alma sana te darán paz y alegría constantes. Pudiendo alejar los dolores y las enfermedades, ¿qué hacemos que aún no nos confesamos? A veces el miedo a la inyección es más fuerte que el deseo de sanar, pero debemos superarlo. El miedo a la confesión puede ser también más fuerte que el deseo de reconciliación, pero debemos enfrentarlo. Lo mejor de todo es que contamos con la ayuda del Espíritu Santo que nos empuja a acercarnos al confesionario y a dejarnos recibir la medicina. ¡Acércate al médico del alma para sanar tu interior!

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Entiendan bien qué significa: misericordia quiero y no sacrificios; porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mateo 9,12).

5. Es revestirse del “hombre nuevo”

Esto es, cambiar de vida, decidirse a ser diferente, a poner la mirada en las cosas del Cielo. Es signo de conversión. Es renovarse completamente, ser un “yo” mejorado. El hombre nuevo se deja guiar por el Espíritu de Dios, goza en espíritu y en verdad. El hombre nuevo no es esclavo de las pasiones y del pecado como lo es el hombre viejo, al contrario, es un hombre libre que vive su vida con tranquilidad y regocijo en el Señor. Pienso que todo cristiano quisiera llevar a plenitud su vida, ya sea en la oración, en los sacramentos, en la vida cotidiana, en el trabajo. Que todos los aspectos de vida estén unidos y sean dirigidos por el Espíritu Santo, esto es revestirse del hombre nuevo. El hombre nuevo por excelencia es Jesucristo, por eso en la vida espiritual se habla de imitar a Cristo, quien «se desojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres» (Filipenses 2,7) en todo, menos en el pecado. 

«Despójense del hombre viejo y de sus acciones, y revístanse del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su Creador… Como elegidos de Dios, pueblo suyo y amados por él, revístanse de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia» (Colosenses 3, 9-10.12).

6. Es fiesta en el Cielo

Sabemos que no estamos solos, antes bien, formamos parte de la comunión de los santos. La iglesia de la tierra (nosotros) somos la Iglesia Peregrina, la de las almas purgantes (purgatorio) es la Iglesia Purgante y quienes ya gozan de la visión beatífica (los santos) son la Iglesia Triunfante. Así, constituimos todos un mismo cuerpo y un mismo espíritu. Por ello, cuando un pecador se convierte, en el Cielo se celebra una Fiesta. Si el gozo aquí en la tierra es grande, ¡imagínense cómo se celebra en el Cielo! Allí están los Ángeles, los Arcángeles, los Tronos, las Potestades, las Dominaciones y todas las demás órdenes celebrando la conversión de un pecador, aquel que deja su antigua vida y se anima a seguir a Cristo como un hombre nuevo. No es un cuento de hadas, es real. 

«Cuando encuentra [a la oveja], la carga sobre sus hombros lleno de alegría, y al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!”. Pues les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lucas 15, 5-7).

7. Es fuerza para la batalla

“La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios” (CEC). Luego de la confesión aumenta esta gracia en nosotros, es Dios mismo quien viene en nuestro auxilio y nos ayuda. Esta gracia será la fuerza en el combate diario. Si vives lleno de tentaciones, si las ocasiones de pecado son muchas que te llevan a caer, si no eres capaz de controlar tus impulsos pasionales… entonces, debes saber que la gracia recibida de Dios es fuerza en la lucha contra el mal. Y si esta gracia se acrecienta al recibir debidamente los sacramentos, ¡esta es tu oportunidad! El pecado debilita tu voluntad, te hace volátil, flexible, te dispone a caer de nuevo… la gracia será siempre ese don, ese favor, ese auxilio que te da Dios para vencer la prueba y salir victorioso. Ya sabes, aprovecha la gracia de Dios y combate el mal a fuerza de bien.

«Pero tú, hombre de Dios, evita todo esto (enriquecerse con trampas, amor al dinero y codicia), practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia y la bondad. Mantente firme en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna para la cual has sido llamado y de la cual has hecho solemne profesión ante muchos testigos» (1 Timoteo 6, 11-12).

Ya puedes perder el miedo a la confesión. Estas 7 razones te ayudarán a conocer más los sacramentos que Dios ha instituido para el bien de sus hijos, a quienes ama inmensamente. La confesión, bien entendida, deja de ser un lugar de miedo para transformarse en un acto de amor, de misericordia, de perdón y de reconciliación. Este es el verdadero sentido del perdón de los pecados: volver la mirada a Dios nuevamente, limpiarnos de toda mancha, tomar fuerzas para continuar nuestra lucha y no desanimarse si se vuelve a fallar. No podemos dejar que el tiempo pase y nuestras faltas se vayan “pudriendo”.  Apenas tengas conciencia de tu pecado y te arrepientas de ello, no dudes en acudir a la Iglesia en busca de esta medicina de Dios, de este sacramento. Ah, ¡y no te olvides de confesar todos tus pecados! 

martes, 18 de abril de 2017

UNA PENITENCIA QUE NINGÚN CATÓLICO DESEARÍA QUE UN SACERDOTE LE IMPONGA


Una penitencia que ningún católico desearía que un sacerdote le imponga
Un Santo nos enseña el poder de la penitencia en la confesión con esta sencilla anécdota


Por: Qriswell J. Quero | Fuente: PildorasDeFe.net 




Debemos de cuidar lo que sale de nuestra boca. Un Santo nos enseña el poder de la penitencia en la confesión con esta sencilla anécdota.
Como seres humanos imperfectos, en ocasiones nos vemos envueltos en situaciones de la vida que nos conducen a proceder de forma incorrecta en la vida, sea voluntaria o involuntariamente y caemos en el pecado.
Nos cuesta aceptar muchas veces nuestros errores y hasta vemos con mucha negativa el asumir las consecuencias de nuestras acciones.

¿Caíste? Si... Levántate e inténtalo de nuevo. Es la oportunidad que todos tenemos cuando asistimos al Sacramento de la reconciliación.

"Reza 3 Avemaría", "5 Padrenuestro", "un Rosario", es muchas veces lo que escuchamos decir al Sacerdote en estos tiempos cuando le toca imponer la penitencia que debemos cumplir para reparar nuestros actos.

Pienso que la oración NO debería considerarse una penitencia, la oración es un momento especial de diálogo con Dios, una expresión del amor puro entre Padre e hijo, no una penitencia; pero ese es otro tema de estudio que quizás podamos debatir en algún otro artículo.

¿Qué sucedería si el acto de reparación que te impone el Sacerdote va más allá de tu imaginación? Algo que jamás hayas pensado.


San Felipe Neri era un santo con gran sentido común. Trataba a sus penitentes de una manera muy práctica y era bastante didáctico con su manera de obrar.

Una señora tenía la costumbre de irse a confesar donde él y casi siempre tenía el mismo cuento que decir: el de calumniar a sus vecinos. Por ello, san Felipe, le dijo: 

"De penitencia vas a ir al mercado, compras un pollo y me lo traes a mí. Pero de regreso lo vas desplumando, arrojando las plumas en las calles conforme caminas"

La señora pensó que ésta era una penitencia un poco rara, pero deseando recibir la absolución, hizo conforme se le había indicado y por fin regresó donde san Felipe.

"Bueno, Padre, he completado mi penitencia", dijo la Señora, y le mostró el pollo desplumado. 

"Oh, de ningún modo la has completado", dijo el santo. "Ahora regresarás al mercado y en el camino recoges todas las plumas y las pones en una bolsa. Entonces regresas donde mí con la bolsa”.

"¡Pero eso es imposible!" –lloró la señora–, "¡esas plumas deben de estar ahora por toda la ciudad!"

"Es cierto" –replicó el santo–, "pero tienes aún menor oportunidad de recoger todos los chismes que has dicho sobre tus vecinos".

Debemos tener cuidado con lo que decimos de los demás, ya el mismo Papa Francisco lo ha dicho muchas veces:

"El chisme es el terrorismo de las palabras"

Amemos a nuestro prójimo y una de las formas de amarlo es no inventar calumnias.

lunes, 20 de febrero de 2017

LA VIRGEN MARÍA Y EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN


La Virgen María y el sacramento de la Confesión




La Virgen María ocupa un lugar muy particular para los creyentes en Cristo. Ella fue concebida inmaculada. Ella aceptó plenamente la voluntad de Dios en su vida. Ella, como Puerta del cielo, dio permiso a Dios para entrar en la historia humana. Ella estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. Ella oraba con la primera comunidad cristiana en la espera del Espíritu Santo.

Por eso María está presente, de un modo discreto pero no por ello menos importante, en el sacramento de la Eucaristía. Las distintas plegarias la mencionan, pues no podemos participar en el misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo sin recordar a la Madre del Redentor.

¿Está también presente la Virgen en el sacramento de la confesión? En el ritual de la Penitencia no hay menciones específicas de María. Ni en los saludos, ni en la fórmula de absolución, ni en la despedida.

En algunos lugares, es cierto, se conserva la devoción popular de iniciar la confesión con el saludo “Ave María purísima. Sin pecado concebida”. Pero se trata de un saludo no recogido por el ritual, y que muchos ya no utilizan.

Sin embargo, aunque el rito no haga mención explícita de la Virgen, Ella está muy presente en este sacramento.

En la tradición de la Iglesia María recibe títulos y advocaciones concretas que la relacionan con el perdón de los pecados. Así, la recordamos como Refugio de los pecadores, como Madre de la divina gracia, como Madre de la misericordia, como Madre del Redentor y del Salvador, como Virgen clemente, como Salud de los enfermos.

A lo largo del camino cristiano, Ella nos acompaña y nos conduce, poco a poco, hacia Cristo. La invitación en las bodas de Caná, “haced lo que Él os diga” (cf. Jn 2,5) se convierte en un estímulo para romper con el pecado, para acudir al Salvador, para abrirnos a la gracia, para iniciar una vida nueva en el Hijo.

Por eso, en cada confesión la Virgen está muy presente. Tal vez no mencionamos su nombre, ni tenemos ninguna imagen suya en el confesionario. Pero si resulta posible escuchar las palabras de perdón y de misericordia que pronuncia el sacerdote en nombre de Cristo es porque María abrió su corazón, desde la fe, a la acción del Espíritu Santo, para acoger el milagro magnífico de la Encarnación del Hijo.

La Virgen, de este modo, acompaña a cada sacerdote que confiesa y a cada penitente que pide humildemente perdón. Su presencia nos permite entrar en el mundo de Dios, que hizo cosas grandes en Ella, que derrama su misericordia de generación en generación (cf. Lc 1,48-50), hasta llegar a nosotros también en el sacramento de la Penitencia.


©Fernando Pascual

lunes, 29 de agosto de 2016

CONFESARSE MEJOR


Confesarse mejor



Esta es una recopilación de frases pronunciadas por diversos sacerdotes de Estados Unidos, haciendo referencia al sacramento de la Reconciliación o Confesión.

• "Al hacer el examen de conciencia nos enfrentamos a nuestros pecados, pero cuando vamos a confesarnos nos enfrentamos al amor, la misericordia y el perdón de Dios". (Bryan Brooks – Tulsa, Oklahoma)

• "Después de decir cuándo fue tu última confesión, dile al sacerdote brevemente algo de ti mismo. ¿Eres soltero, tienes novio, te has vuelto a casar, eres religioso o religiosa? Conocer tu situación nos ayuda a aconsejarte". (Sean Donovan – Pawhuska, Oklahoma)

• "Los pecados son malas decisiones, no emociones desagradables; así que confiesa tus pecados, no tus estados emocionales". (Padre Gabriel Mosher OP – Portland, Oregón)

• "Los pecados cometidos son una ofensa a Dios, pero los pecados confesados son un cántico a Dios. Así que cuando confieses tus pecados a un sacerdote en el sacramento de la reconciliación, que sepas que también estás entonando un cántico a Dios por su gran misericordia". (Damian Ference – Wickliffe, Ohio)

• "La confesión frecuente es edificante para tu sacerdote y buena para tu alma. Los pecados, en particular los muy asentados o habituales, exigen paciencia y persistencia. Nunca te rindas, por muchas que sean las veces que has cometido el mismo pecado. La confesión es un sacramento de sanación, y al igual que con las heridas físicas, las heridas espirituales necesitan algún tiempo para curarse del todo". (Matthew Gossett – Steubenville, Ohio)

• "La confesión no va tanto de lo malo que eres tú como de lo bueno que es Dios". (Padre James Martin SJ - Nueva York)

• "El sacerdote es como un médico: cuando vas al médico, le dices lo que te duele con mayor o menor detalle para que sepa cómo curarte mejor. Y recuerda: él ha visto muchos pacientes con tus mismos síntomas. ¡Confía en él, escucha su consejo y pronto mejorarás!". (Anthony Gerber – Cottleville, Missouri)

• "Dios funciona mejor con una confesión sencilla y humilde de los pecados. Dios no necesita una novela. Ya la ha leído. A menudo, detrás de nuestra abundancia de palabras, se esconden el orgullo y la impenitencia. Hablar de forma simple y llana, nombrando nuestros pecados, es como desnudarnos para la Cruz, para la muerte de nuestros pecados y para la resurrección del perdón". (Joshua Whitfield -  Dallas, Texas)

• "Simplemente, ve a confesarte, no importa lo que sea. El amor de Dios es más fuerte que nuestros pecados". (Padre Jeffrey Mickler SSP – Youngstown, Ohio)

• "Para mucha gente, su mayor mejora en la confesión sería dejar de verla como un listado obligatorio y abstracto de pecados para verla como una renovación en nuestra relación con Dios". (Padre Matthew Schneider LC - Washington DC)

• "La confesión no es sólo borrar el pecado, es un encuentro con Cristo". (Padre Mark Menegatti)
*Fuente: Religión en Libertad

miércoles, 24 de agosto de 2016

CÓMO CONFESARSE TRAS CUARENTA AÑOS SIN HACERLOS? PADRE FORTEA NOS ORIENTA

¿Cómo confesarse tras cuarenta años sin hacerlo?
El P. Fortea nos presenta un ejemplo de como podría ser una confesión luego de muchos años sin hacerlo


Por: P. Antonio Fortea | Fuente: BlogDelPadreFortea.blogspot.com 



Alguien podría pensar que hacer una bien hecha, es decir, una confesión íntegra, y, por lo tanto, con la materia, número y especie de los pecados graves, requeriría de una hora por lo menos. No es así. Aquí pongo un ejemplo hipotético de una confesión tras decenas de años sin recibir las aguas purificadoras de ese sacramento.
  • Ave María Purísima.
  • Sin pecado concebida.
  • Padre, me confesé hace cuarenta años y me acuso de los siguientes pecados:
  • -He dudado de la fe algunas veces.
  • -Me he enfadado con Dios, en un par de ocasiones.
  • -Le he faltado el respeto a Dios alguna rara vez contando chistes acerca de Él.
  • -He dicho en estos años tres o cuatro blasfemias, pero sin pensar plenamente lo que decía.
  • -He faltado a misa dos terceras partes de los domingos.
  • -Cuando he ido misa, en los primeros cinco años, comulgué en pecado mortal.
  • -No he visitado a mis padres todo lo que he debido.
  • -Varias veces me he enfadado con mis padres al hablar, hablándoles con acritud o levantando la voz.
  • -He odiado a varias personas durante largas temporadas y les he deseado el mal.
  • -He tenido relaciones sexuales de forma regular con varias parejas durante todos estos años.
  • -En todos estos años, me he masturbado. Dado que he tenido pareja, la media habrá sido un par de veces al mes.
  • -He visto pornografía. Dos o tres veces al mes.
  • -He tenido pensamientos y deseos impuros al ver a las mujeres de forma habitual.
  • -En estos años, he practicado pequeños hurtos. Entre todos ellos unos 200 euros.
  • -He mentido, pero mentiras que no han hecho daño a nadie.
  • -He sembrado discordia entre compañeros de trabajo. Pero lo que he dicho era verdad.
  • -He consultado regularmente el horóscopo.
  • -Una vez fui a que me echara las cartas un tarotista.
  • -No he guardado, practicamente nunca, los ayunos y abstinencias de carne mandadas por la Iglesia.
  • -Me he emborrachado una media de una vez al año.
  • -He probado el cannabis unas cuatro veces.
Éste es un ejemplo de cómo podría ser una confesión bien hecha en la que se repasan los pecados de más de cuarenta años. Haciéndola así, no se tarda más allá de un par de minutos.

viernes, 19 de agosto de 2016

LA VERGÜENZA INVENCIBLE AL CONFESARSE

La vergüenza invencible al confesarse
El Padre Fortea ofrece una solución


Por: P. Antonio Fortea | Fuente: ACI Prensa 



El P. José Antonio Fortea, famoso teólogo español, propuso una práctica solución para quienes tienen una “vergüenza invencible”, que les impide recurrir normalmente al sacramento de la Reconciliación, y que “preferirían hacer una peregrinación de cien kilómetros antes que tener que confesar cara a cara determinadas acciones que les humillan de un modo terrible y espantoso”.
A continuación, el texto completo del artículo publicado por el P. José Antonio Fortea bajo el título de “La vergüenza invencible al confesarse”:
Hay personas que, al tener que confesar pecados muy vergonzantes, sienten como si hubiera un muro que les impide hacerlo. Preferirían hacer una peregrinación de cien kilómetros antes que tener que confesar cara a cara determinadas acciones que les humillan de un modo terrible y espantoso.
Los pastores deben ser paternales con este tipo de personas que llevan estas cargas sobre sus conciencias. De manera que en cada ciudad, al menos, debe haber un confesionario donde en vez de rejilla haya una plancha con agujeros que haga totalmente imposible ver a la persona que se confiesa.
No solo eso, sino que la persona debe poder arrodillarse en el confesionario sin ser visto al acercarse, y sin ser visto al alejarse. En la ciudad de Alcalá de Henares donde resido este confesionario existe en tres iglesias.


Y en una de esas iglesias, ese confesionario cuenta con siete confesores fijos que se turnan cada día de la semana desde las 22:00 a las 23:00. El vidrio de la puerta del sacerdote no es transparente, de forma que no ve quien entra o sale del confesionario.
Con esta medida, la inmensa mayoría de los fieles pueden resolver el problema de la vergüenza. Aun así, hay casos más raros en los que la vergüenza puede convertirse en una obstáculo invencible.
Para esos casos, verdaderamente muy raros, lo mejor es llamar por teléfono, de forma anónima, a un sacerdote de la ciudad y comentarle este problema. En muchos casos la conversación telefónica bastará para que el penitente cobre confianza y pueda acercarse a un confesionario del tipo antes citado.
Pero si la vergüenza de decir los pecados continuara siendo algo insuperable, en estos casos, el penitente y el sacerdote pueden quedar un día en el confesionario para entregarle los pecados escritos de un modo claro y breve.
En el confesionario de Alcalá que he mencionado, es posible que el penitente corra la portezuela de la pantalla un poco, unos milímetros, para deslizar una hoja.
La confesión escrita, preferiblemente, no debería exceder más allá de una hoja como máximo. Mejor si se da impresa, para poder leerla con más claridad.
El sacerdote dará los consejos, la penitencia y la absolución sin necesidad de cruzar ninguna pregunta al penitente. En este caso hacer preguntas sería contraproducente.
Esa confesión es perfectamente posible en casos de vergüenza invencible, puesto que a los sordos y a los mudos siempre se les ha permitido hacer la confesión por escrito. Y un caso como el descrito se asemeja en todo al caso de imposibilidad por cuestiones físicas. La imposibilidad psicológica puede ser tan real como la física.
La norma general es que la confesión debe hacerse de forma oral, es decir hablando. Pero, ante una situación de extraordinaria tensión por parte del penitente, se puede hacer lícitamente del modo que he dicho.
Habiendo llamado previamente por teléfono a un sacerdote, éste le dirá en qué confesionario resulta posible deslizar una cuartilla de papel por la rejilla y cuando pueden quedar para ello.
Lo que sí que no es posible es confesarse por teléfono. Uno puede confesarse incluso con intérprete, si no desea esperar a tener un sacerdote de su lengua. Pero por teléfono no es posible.
Artículo publicado originalmente en ACI Prensa

viernes, 29 de julio de 2016

ME CONFESÉ... Y AHORA QUE HAGO?

Me confesé... ¿y ahora que hago?
Luego de la confesión viene lo más difícil, la lucha contra ti mismo, la constancia de permanecer en el amor de Jesús


Por: Abraham Soto | Fuente: Católicos con Acción 



 “Tus pecados son perdonados. Vete y no peques más”
Dijo el sacerdote a José, un joven que decidió luego de muchos meses de guardar su pecado por temor a qué le diría el sacerdote al confesar las faltas que había cometido.
José salió del confesionario y fue con mucha devoción a la Capilla del Santísimo a cumplir su penitencia. 5 Padre Nuestro y 5 Ave María. Estaba muy arrepentido y le pedía a Dios que le ayudara a no volver a caer en el mismo pecado que lo había alejado de su gracia.
Finalmente José se dijo: Bueno, por fin me confesé… ¿Y ahora qué hago para no volver a pecar?
Así como José hay muchas personas que no se confiesan porque no tienen tiempo, porque les da igual, porque le tienen miedo al sacerdote, porque ya se acostumbraron, porque nunca encuentran al padre en la parroquia, porque les conviene vivir así aunque sepan que es pecado, en fin tantas razones y excusas.


El primer paso es reconocer el pecado y su daño y el segundo es tener la valentía de confesarlo con un sacerdote que se convierte en el mismo Jesús que te espera para darte su amor y perdonarte.
Luego de la confesión viene lo más difícil, la lucha contra ti mismo, la constancia de permanecer en el amor de Jesús al no cometer nuevamente el pecado. El enemigo es fuerte y te presenta las tentaciones en la casa, en la universidad, en el trabajo, en el parque, en el cine, en la propia Iglesia.
Si tu pecado es criticar: muérdete la lengua y piensa antes de hablar. Pregúntate si lo que estás diciendo es cierto y te consta. Si es así trata de contribuir en la solución del problema de la otra persona, ora y actúa. Aconséjalo, enséñale, acércate y dale una mano.
Si tu pecado son las drogas: recuerda la vez que compraste una manzana y te salió podrida por dentro. Por fuera se veía con buen color pero por dentro estaba podrida y dañada. Así se vuelve tu cuerpo cuando fumas o consumes drogas o bebidas alcohólicas. Aléjate de los lobos que se dicen llamar tus “amigos”. Un amigo no te exprime, ni busca dañarte, tampoco te conduce al pantano oscuro y deprimente que te lleva poco a poco a la muerte. Piensa en tu familia, en tu pareja, en tus hijos. ¿Cuánto sufrirán al verte en un hospital o en camino a la muerte?
Si tu pecado es el sexo: toma un trozo de cinta adhesiva y ponla una y otra vez en la palma de tu mano, verás que luego de muchos “pega y quita” pierde el pegamento y finalmente no sirve para nada. Haz la prueba y verás. Así nos pasa cuando tenemos sexo con una y otra persona, a veces sin conocerla; nuestro valor se pierde y luego seremos desechados. Te propongo la castidad como un medio de valentía y compromiso con Dios y con tu futura esposa o esposo, que si bien no lo conoces ahora, pero pronto estará agradecido porque le fuiste fiel sin conocerla/o. Es muy difícil, pero no imposible lograr. Caerás, pero te levantarás y hoy sí para no volver a caer jamás.
No olvides que tienes muchas armas para ser constante y perseverar hasta el final. Asiste a Misa, reza el Santo Rosario, la Coronilla a la Divina Misericordia y muy fundamental; confiésate a menudo para que eso te asegure la cercanía y paz con Dios.
Si tienes temor y no te animas a confesarte, pídele un poco de valentía a la Virgen María, ella te dará el valor y acompañará en el confesionario. Recuerda que el sacerdote inicia la confesión diciendo: “Ave María Purísima…”.
Y no lo olvides:
“Tus pecados son perdonados. -Vete y no peques más-“.

viernes, 8 de julio de 2016

QUÉ HAY QUE HACER CUANDO NOS OLVIDAMOS DE DECIR ALGUNOS PECADOS EN LA CONFESIÓN?

¿Qué hay que hacer cuando nos olvidamos de decir algunos pecados en la confesión?
Suele ocurrir que un penitente olvida, sin intención de ocultarlo, algún pecado grave. En estos casos, ¿qué corresponde hacer?


Por: P. Miguel A. Fuentes, IVE | Fuente: TeologoResponde.org 



Pregunta:

Estimado Padre: mi hija mayor acaba de recibir la primera comunión, a raíz de lo cual (por indicación del párroco) los papás de los niños fuimos a confesarnos para poder recibir la comunión junto con ellos. Yo había dejado de ir a misa, de confesarme, de comulgar desde que me casé (un periodo de diez años aproximadamente). El volver a los sacramentos me ha llenado de felicidad, pero he quedado con una espina pues a pesar de haber estado haciendo exámenes de conciencia desde que nos dijeron que íbamos a confesarnos, debido a la cantidad de tiempo pasado entre mi última confesión y ésta, y un poco por los nervios, me olvidé de decir algunos pecados graves (de hecho los recordé varios días después). ¿Cometí otro pecado mayor al comulgar con estos pecados? ¿Cómo arreglo este punto? Espero no haberle quitado mucho de su valioso tiempo y de antemano gracias por su atención.

Respuesta:

Estimado:
Ante todo, no ha cometido un pecado al comulgar puesto que usted lo hizo pensando haber hecho una buena confesión; y de hecho la suya fue una buena confesión, aunque incompleta. Su confesión fue buena porque el no confesar esos pecados no fue deliberado. Para la validez de una confesión, como nos enseña el magisterio de la Iglesia, es obligatorio confesar todos los pecados mortales todavía no perdonados directamente o aún no confesados, con número y especie ínfima (o sea con las circunstancias que cambian la especie – como si uno ha pecado contra la castidad siendo casado o con una mujer casada, debe decirlo porque no se trata de un simple acto de fornicación sino de un adulterio) [1]; en caso de haber hecho mal algunas confesiones pasadas debe también mencionar este pecado (y las comuniones que haya recibido estando en pecado) y también los pecados confesados en ellas, pues al ser inválidas no hubo absolución de los pecados confesados. Ahora bien, también se añade a esta regla que debe uno confesar todos los pecados… de los que tenga memoria después de un diligente examen de su conciencia. Santo Tomás menciona el sabio principio: “In confessione non exigitur ab homine plus quam possit», en la confesión no se exige del hombre más de lo que puede [2].
Suele ocurrir, en particular en confesiones después de muchos años, que un penitente olvida, sin intención de ocultarlo, algún pecado grave. En estos casos, ¿qué corresponde hacer? Dependerá del momento en que le venga a la memoria ese pecado:
(a) si el penitente está todavía en el confesonario, aunque el sacerdote ya le haya dado la absolución, debe acusarse en seguida del nuevo pecado que acaba de acudir a su memoria, y el confesor debe darle nuevamente la absolución (siempre hablamos de un pecado mortal);
(b) si ya se levantó del confesonario, puede hacer una de dos cosas: o volver al confesor, si puede hacerlo sin llamar la atención y decirle que olvidó un pecado; o bien, dejarlo para la siguiente confesión, pudiendo comulgar mientras tanto, ya que el pecado quedó indirectamente absuelto (por olvido inculpable); sólo queda la obligación remanente de hacer que sobre él recaiga de modo directo la absolución.
Este segundo es el caso que está aquí consultado. Por tanto, basta con decir en la próxima confesión lo ocurrido y confesar en esa oportunidad el o los pecados olvidados.

martes, 15 de marzo de 2016

LA CONFESIÓN COMO TERAPIA


LA CONFESIÓN COMO TERAPIA




Conocí a un personaje con un cargo importante. Un poco cegato de ojos y de mente. Se levantaba por las mañanas, entraba en la empresa y empezaba a dar cornadas – disposiciones y órdenes- a diestro y siniestro. De pronto, veía a uno con las tripas fuera: Juan, ¿qué te pasa?.

¿Que qué me pasa? Respondía Juan, que me acabas de dar una "corná".

¿Quéee, cómooo, yooo? El tal personaje no sabía lo que hacía, pero tenía una rara virtud: Ante Dios y ante los hombres sabía pedir perdón y reparar los desperfectos. Igualmente, los cristianos, el pueblo de Dios hace tiempo que tienen ojos y no ven, oidos y no oyen; y les cuesta mucho, muchísimo pedir perdón y reparar. Jesús sabía de que barro estamos hechos cuando suplicó: “ Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” 

Una de las funciones esenciales del sacerdote es perdonar ¡siempre! los pecados, y perdonarlos a través de la confesión. En el Catecismo de la Iglesia Católica se sigue recomendando vivamente el sacramento de la penitencia. Un verdadero milagro de amor. ¿Por qué nos confesamos tan poco hoy? Sin embargo, no suele oirse advertir a las muchedumbres que se acercan a comulgar sobre el grave pecado de hacerlo en pecado mortal. 

Hace poco, tras una reunión de niños con el Papa una niña le preguntó: ¿ Por qué hay que confesarse frecuentemente? El Papa le respondió: Y ¿por qué barre y limpia la casa tu mamá todos los días? Aunque tenga poco polvo y suciedad, la limpia, sin esperar a que la casa llegue a oler mal o esté tan desordenada que se convierta en una pocilga. Como el polvo, las pequeñas ofensas ensucian el alma y las relaciones con Dios, y poco a poco esta suciedad, si no la eliminamos, nos acarreará serios disgustos.

Muchos religiosos y laicos tienen la norma de confesarse todas las semanas, pero ¿de qué pecados? de los que nunca nos confesamos, del primero y principal de todos los mandamientos : De amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Así:

El buen hijo nunca miente, roba, maltrata u ofende de cualquier otra forma a su Padre, pero el Padre no se conforma con eso, quiere ser amado, que se le trate con cariño, que le obedezcamos, que nos acordemos de su cumpleaños o determinadas fechas importantes, le ayudemos o aliviemos en su trabajo, tengamos un detalle de vez en cuando, mantengamos conversaciones con él… Además, Cristo dijo: “El que me ama es el que cumple mis mandamientos” 

Hay otras muchas cosas de las que tampoco se nos ocurre confesarnos ni pedir perdón:
a) De no hacer nuestros trabajos con la mayor perfección posible, de las chapuzas…...
b) De conducir peligrosamente o con dos copas de más, siendo un grave peligro para los demás prójimos además de para sí mismo).
c) De perder nuestro tiempo y hacérselo perder a los demás, una forma de robo como otra cualquiera.
d) De no hacer la vida amable a los que nos rodean gruñendo, criticando, murmurando siempre, sin decir una palabra de estímulo o amable a nadie; cosas que no matan pero hacen la vida triste.
e) De no agradecer nunca la comida con una palabra cariñosa a quien nos la ha preparado. 
f) De no ayudar en las tareas de la casa , de maltratar a los inferiores, de no apagar la TV ante un programa peligroso para el alma, de no ayudar a los necesitados (a veces cercanos a nosotros); ni dar un euro para los afectados por terremotos, incendios, inundaciones…… 
g) Pedir perdón en cuanto “metemos la patita” que es una forma inteligente de terminar rápidamente con discusiones y malentendidos. 

Muy duro es pedir perdón a los hombres y muy grave para los cristianos no hacerlo ante Dios. Y sin pedir perdón y perdonar, no hay, ni habrá nunca paz. Especialmente, hemos olvidado los pecados de omisión: “Todo lo bueno que pudimos hacer y no hicimos”. Los gobernantes, no sólo los políticos, nos dicen siempre lo que han hecho bien, los gobernados o la oposición lo que hicieron mal; pero ninguno nos dice nunca lo que tenían que haber hecho y no hicieron. En la mayoría de estos casos, los temas más importantes. 

Por otra parte, en estos días en que tantas personas andan agobiadas por depresiones, y/o ansiosas de paz y equilibrio espiritual, pocas terapias encontrarán tan gratificantes como una confesión bien hecha. Solo tiene un defecto: ¡ES GRATIS!

Extracto de un artículo de Alejo Fernández Pérez    

jueves, 10 de marzo de 2016

CAMINOS DE PENITENCIA


Caminos de penitencia
¿Quieren que les recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.

Por: San Juan Crisóstomo 



Quieren que les recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.


El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el profeta: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios.

Éste es un primer y magnífico camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas Porque si ustedes perdonan al prójimo sus faltas -dice el Señor-, también su Padre celestial perdonará las de ustedes.
¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón.

Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee un grande y extraordinario poder.

También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado: De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados.

Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad.

No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar alegando tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías renunciar a tu ira y mostrarte humilde, podrías orar de manera constante y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes -hablo de la limosna- pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.

Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo.
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